Tanto per chiarire / Just to make it clear


Tanto per chiarire / Just to make it clear

Più che un blog questo è un diario di appunti, dove spesso mi segno e rilancio articoli ed opinion interessanti trovate in giro per la rete.

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This is just a silly legal note to state that this (SURPRISE! SURPRISE!)
is not a newspaper or a news publication whatsoever.

venerdì 29 maggio 2015

The Economist on The weaker sex

As usual the Economist is very good at analysis and stupidly conservative at proposing solutions (that could never work because their solution is NEVER to address a problem but always to reload it on the shoulders of the weakest).
It remains very interesting to read their analyses.

martedì 12 maggio 2015

Global warming is the symptom, but the illness is capitalism.

Original interview

and a reduced version

both in Spanish.

Jorge Riechmann: “Consumimos el planeta como si no hubiera un mañana”

Jorge Riechmann. Por  Nacho Goberna © 2015

Por Emma Rodríguez © 2015 /

Denomina Jorge Riechmann al siglo XXI como “el siglo de la gran prueba” o como “la era de los límites”. Nos dice que “estamos consumiendo el planeta como si no hubiera un mañana”; que “lo que hace falta son transformaciones estructurales profundas, casi revolucionarias” y que ya no podemos confiar en que será la generación de nuestros nietos la que las lleve a cabo, porque estamos en “tiempo de descuento”. Todo esto nos lo cuenta en Autoconstrucción, uno de esos libros que funcionan como un aldabonazo en las conciencias, que sacuden el letargo y conducen a plantear la gran pregunta: ¿Estamos aún a tiempo de salvar el planeta? Es un interrogante que el propio autor abre una y otra vez en en el recorrido de un ensayo esclarecedor que nos invita a tomar conciencia de la urgencia de la lucha ecológica, de la necesidad de avanzar lo más suavemente que se pueda hacia sociedades de la sobriedad, de la contención, de otro tipo de realizaciones y plenitudes no asociadas a la adquisición constante de pertenencias, de propiedades, de productos de consumo.
Profesor titular de Filosofía Moral en la Universidad Autónoma de Madrid, traductor, poeta, ensayista, miembro de Ecologistas en Acción y desde hace poco del Consejo Ciudadano de Podemos, Riechmann va desgranando un buen puñado de verdades, de reflexiones incómodas, pero absolutamente necesarias, en esta Autoconstrucción, subtitulada La transformación cultural que necesitamos, que nos anima a pensarlo todo de otra manera, a encontrar nuevas palabras, nuevos vínculos, nuevas imágenes para situarnos frente a un presente de resquebrajamientos y de oportunidades de cambio. “Jamás se había hablado tanto sobre las desigualdades sociales, jamás se había hecho tan poco para reducirlas… Nunca se había hablado tanto los daños ecológicos, y nunca se ha hecho tan poco para delimitarlos”, leemos muy al comienzo de un libro que traza un magnífico diagnóstico de dónde estamos y hacia dónde podemos dirigirnos.
El autor es consciente de que el pesimismo no está de moda, de que el continuo estímulo del pensamiento positivo se puede llegar a convertir en una conveniente cortina de humo, de que a muchos se les llena la boca con la palabra “buenismo” para definir cualquier propósito de solidaridad, de compasión, de cooperación, de igualdad, de que los ecologistas son vistos en muchas ocasiones como catastrofistas y agoreros dispuestos en todo momento a chafar una fiesta en la que muchos siguen pasándolo bien, a costa de mayorías cada vez más empobrecidas e indefensas. Todo parece estar en contra, pero no cabe la resignación, la no resistencia. “Hay esencialmente dos opciones político-morales. La de quienes desean un mundo de amos y esclavos, por una parte; y la de quienes luchan por un mundo de iguales. Al poder del dinero y de las armas, el segundo grupo solamente puede oponer la fuerza de la organización”, abre Riechmann un cauce de futuro.
Jorge Riechmann. Por  Nacho Goberna © 2015
No deja de haber autocrítica en el trayecto y tampoco falta el realismo, grandes dosis de realismo que parten de la constatación de las dificultades, de los enormes retos. Y, por supuesto, se revelan hechos y se ofrecen datos, hechos y datos que hablan por sí solos y que, nos guste o no, indican que el rumbo no es el adecuado. Así, el cambio climático que nos conduce a un mundo cuatro grados centígrados más cálido, según predicciones muy optimistas, pero ante el que tantos siguen quitando importancia en nombre de intereses empresariales, intereses que obstaculizan la necesaria disminución de los gases de efecto invernadero. Así, la escasez de fuentes de energía fósiles, que lleva a la agonía de un modelo que se alarga artificialmente, vía prácticas como el fracking, en vez de apostar por invertir en el camino de las renovables.
“Hay esencialmente dos opciones político-morales. La de quienes desean un mundo de amos y esclavos, por una parte; y la de quienes luchan por un mundo de iguales. Al poder del dinero y de las armas, el segundo grupo solamente puede oponer la fuerza de la organización”, escribe Riechmann en Autoconstrucción.
Mientras las capas de hielo ártico desaparecen, mientras el proceso de la fotosíntesis se está viendo afectado en zonas con altos niveles de contaminación, mientras las abejas se ven amenazadas, mientras… seguimos pensando que habrá tiempo, que la técnica será capaz de solucionarlo; que llegará un día en que volveremos a la normalidad de un modo de vida que nos parece el mejor posible. ¿Cómo convencernos, habitantes del Primer Mundo del siglo XXI, de que ya no volveremos a la normalidad de antes de la crisis, de antes de la amenaza ecológica; cómo convencernos de que es necesario cambiar la orientación y las estructuras del sistema para seguir viviendo bien, e incluso mejor, pero con otros parámetros?
He aquí las cuestiones que plantea Jorge Riechmann en Autoconstrucción (Ediciones Catarata). Son muchas las salidas que ofrece este libro, pero lo esencial es su llamamiento a un cambio de conciencia, de valores, de usos y costumbres. “La economía es una construcción humana. Las leyes económicas no son como la ley de la gravedad. Pueden ser transformadas (…) Pero para ello la gente ha de cambiar de conducta”, se utiliza como arranque de un capítulo este párrafo-lema extraído del informe de un centro de estudios económicos. Hay en el ensayo reflexiones sobre el papel cada vez más activo de los consumidores –consumidores rebeldes–; sobre la cultura como base de la comprensión de los cambios; sobre los movimientos sociales que deben convertirse en la base de las nuevas sociedades… “Hemos de vivir de otra manera”, es la frase que cierra el libro. Pero aquí, lejos de cerrar, empezamos con la conversación.
– ¿En qué punto se encuentra el movimiento ecologista hoy a nivel global? ¿Cuáles son sus expectativas?
– Si lo analizamos con perspectiva, el movimiento ecologista moderno, como tal, es muy reciente. Surge en los años 60 del siglo XX, aunque el pensamiento ecológico arranca de más atrás, de antecedentes tan ilustres como Thoreau, a quien releemos con mucho interés, o, antes, Alexander von Humboldt, que tanto contribuye en la creación de la ciencia ecológica, de la biología de los ecosistemas. Ahí están las raíces, pero hay que dar un salto hasta llegar, en 1962, a un hito importantísimo, una obra clásica de la conciencia ecológica, La primavera silenciosa, de Rachel Carson. En ese año se empiezan a poner en marcha dinámicas sociales, políticas, intelectuales, culturales, que conducen a algunas sociedades, dentro de procesos muy contradictorios, a emprender un nuevo aprendizaje de los modos de vida. Y ya en 1972 nos encontramos con otra aportación esencial, el estudio Los límites del crecimiento, el primer informe del Club de Roma, que pone en marcha un debate de alcance mundial a partir del cual ya empiezan a circular los lemas básicos, las consignas del ecologismo sobre la necesidad de conformar una conciencia de especie en las singulares condiciones históricas que nos ha tocado vivir. Ese proceso de aprendizaje social se rompe a finales de los años 70 y comienzos de los 80, con la irrupción de la fase última de la historia del capitalismo, el capitalismo neoliberal financiarizado. A esos decenios, a esa etapa en la que aún estamos inmersos, yo la denomino a veces la era de la denegación, porque hay fuerzas muy poderosas que, lejos de impulsar el aprendizaje, están trabajando en sentido contrario.
Jorge Riechmann. Por  Nacho Goberna © 2015
– Denegar es un verbo que utilizamos muy poco y que explica muy bien lo que está sucediendo. A los pueblos cada vez se les niega más lo que desean. Las democracias se están vaciando cada vez más de sentido.
– Denegar es un término que usan los psicólogos y psicoanalistas para referirse a ese fenómeno que no consiste sólo en ignorar algo sino en hacer un esfuerzo por no ver lo que tenemos delante de los ojos. Yo creo que ha habido, que hay mucho de eso, en la cultura dominante durante los tres últimos decenios. Es indudable que hay un permanente negacionismo si hablamos de fenómenos como el calentamiento climático, del mismo modo que lo hubo anteriormente con respecto al cáncer ocasionado por el tabaco. Y es indudable la eficacia de los esfuerzos organizados por el sector empresarial para expandir toda la tinta de calamar y toda la desinformación posible con el fin de impedir que se tomen las decisiones correctas. Ahora mismo, más allá de circunstancias concretas, tendríamos que referirnos a un negacionismo mucho más vasto que se refiere a todo lo que tiene que ver con los límites al crecimiento, y eso es mortal porque nuestra situación, nos pongamos como nos pongamos, es la que es. Las leyes de la naturaleza, de la física, de la química, de la dinámica de los seres vivos, son las que son, no vamos a cambiarlas, por grandes que sean nuestras ilusiones a ese respecto, y el conflicto esencial que se plantea, que estaba en ese debate de los años 60 y 70, es el choque de las sociedades industriales contra los límites biofísicos del planeta, que se ha ido agravando y agudizando cada vez más. Si usamos la herramienta efectiva de la huella ecológica, hacia 1980, fue cuando ésta superó la biocapacidad del planeta para seguir creciendo después. Según los investigadores, ahora estamos en el 150% de la capacidad del planeta. Y esa situación no durará demasiado, porque estamos, como se dice a veces, consumiendo el capital, no los intereses, empleando en este caso la habitual metáfora financiera. Estamos sobreexplotando los recursos y las capacidades de absorción de contaminación, de una forma que es insostenible. Parece que consumimos el planeta como si no hubiera un mañana.
Denegar es un término que usan los psicólogos y psicoanalistas para referirse a ese fenómeno que no consiste sólo en ignorar algo sino en hacer un esfuerzo por no ver lo que tenemos delante de los ojos. Yo creo que ha habido, que hay mucho de eso, en la cultura dominante durante los tres últimos decenios. Es indudable que hay un permanente negacionismo si hablamos de fenómenos como el calentamiento climático, del mismo modo que lo hubo anteriormente con respecto al cáncer ocasionado por el tabaco.
– “El síntoma se llama calentamiento climático, pero la enfermedad se llama capitalismo”. Así se titula un epígrafe del ensayo donde se hace referencia al rotundo fracaso de la cumbre de Copenhague en 2009, una cumbre donde se aspiraba a lograr un acuerdo global de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero, que sustituyese al Protocolo de Kioto. Ahora estamos a la espera de una nueva reunión en París en diciembre de este 2015. Parece que los límites son absolutamente incompatibles con el capitalismo salvaje.
– Así es. Hacia 1980 fue cuando ganaron las elecciones generales Margaret Thatcher en Gran Bretaña y posteriormente Ronald Reagan en EE.UU. Ahí tenemos que fijar el desplazamiento del mundo hacia una derecha conservadora, que ha sido hegemónica desde entonces, y que ha resultado letal en lo que se refiere a las cuestiones económico sociales. Hacia 1980 se puso en marcha el proceso de desregulación financiera y comercial. Hasta entonces, las economías, el crecimiento del capital y de los activos financieros iban acompasados al crecimiento de lo que llamamos economía real, pero a partir de ahí se rompió el equilibrio, todo se abrió en forma de tijera y lo financiero comenzó a crecer de manera metastásica y a dominarlo todo. Es ahí donde nos encontramos ahora. Esa es la situación. Si no somos capaces de romper con esa clase de políticas y con las culturas que las acompañan, lo tenemos realmente difícil.
Jorge Riechmann. Por  Nacho Goberna © 2015
– Mientras leía el libro pensaba que la educación es básica para la toma de conciencia. Aludes a la importancia que en su día tuvo en España la Institución Libre de Enseñanza, a finales del XIX y principios del XX, en la redefinición de la relación entre sociedad y naturaleza, así como al naturismo anarquista por el lado obrero. Pero hoy, ¿cómo hacer entrar la ecología en los colegios?
–  Por supuesto que tendría que ser la educación una de las vías naturales para difundir la conciencia ecológica, pero aquí, nuevamente, nos topamos con lo mismo: la dinámica social en la que estamos, lejos de educarnos, de construirnos, para hacernos ver la verdad del mundo en el que vivimos, va en la dirección contraria. Podríamos decir que es contra educativa en muchos sentidos. Por eso no es tan fácil de llevar a cabo algo que parece tan simple. Sin ir más lejos, puedo decirte que yo formo parte de la comisión de educación y participación de Ecologistas en Acción en Madrid y que, justamente, una de nuestras tareas es hacer avanzar estos planteamientos en el terreno educativo. Uno de los trabajos más fecundos del colectivo fue, hace ya unos años, examinar lo que se podría llamar el currículum oculto de los libros de texto. Si uno se dedica a ver con cierto detalle cómo están escritos los manuales de consulta de ciencias naturales, de ciencias sociales, que es donde tendrían que entrar esta clase de enseñanzas, lo que encuentra, en muchos casos, es prácticamente todo lo contrario: más desinformación que información, puntos de vista adversos al verdadero aprendizaje de cuidar, de vivir de verdad en esta tierra. En esa dinámica en la que estamos ahora mismo, nos encontramos con comerciales de los bancos que van a los colegios a enseñar educación financiera y se ve como normal porque esa es la cultura dominante en la sociedad. A la contra, parece que lo que los ecologistas decimos no quiere ser oído porque se trata de una realidad incómoda, porque hacernos cargo de donde estamos realmente nos obligaría a vivir de otra manera, a organizar casi todo de una forma diferente. Una y otra vez, insisto, chocamos de manera muy inmediata, muy frontal, con intereses poderosísimos. Pero no quiero instalarme en la queja permanente. Pese a toda esa resistencia, pese a tantos obstáculos, hacemos lo que podemos. Yo soy profesor en la universidad y hablo de todo esto a mis alumnos universitarios, y, además, acabo yendo, por lo menos tres o cuatro veces al año, a hablar con escolares y con bachilleres; hay otros compañeros y compañeras que lo hacen con más asiduidad. Pero se llega a donde se llega. Ecologistas en Acción, por ejemplo, es una asociación participativa que tiene aproximadamente unos mil afiliados en Madrid, gente que paga una cuota y que puede hacer una pequeña tarea de vez en cuando. Si pensamos que en una comunidad autónoma como la de Madrid hay seis millones de personas, es una cifra muy baja. Y los activistas no somos más de 60 personas, apenas 10 dedicados a la comisión de educación. Ecologistas en Acción se autofinancia. Los recursos con los que contamos son las cuotas de los afiliados. Ha habido alguna vez algún programa concertado, pero las administraciones, especialmente en esta comunidad autónoma y con el gobierno que hay ahora mismo, no sólo son no cooperativas, sino absolutamente hostiles.
En la dinámica en la que estamos ahora mismo, nos encontramos con comerciales de los bancos que van a los colegios a enseñar educación financiera y se ve como normal porque esa es la cultura dominante en la sociedad. A la contra, parece que lo que los ecologistas decimos no quiere ser oído porque se trata de una realidad incómoda, porque hacernos cargo de donde estamos realmente nos obligaría a vivir de otra manera, a organizar casi todo de una forma diferente. 
– ¿Se ha fracasado a nivel general, no sólo en España, en la comunicación, en la difusión? Se habla mucho de ecología, en ciertos ámbitos está muy de moda, se ha superficializado incluso, pero la verdadera conciencia ecológica no ha llegado a la gente.
– Quiero hacer hincapié en un aspecto que me parece muy importante y que nos lleva a la pregunta anterior, a la educación. El título del libro, Autoconstrucción, que en griego podríamos decir paideia, educación en un sentido amplio, es una llamada a que no entendamos la educación sólo como el aprendizaje que se imparte en las escuelas, los institutos y luego en las universidades. Los contextos educativos son los contextos sociales generales, y yo creo que la manera de autoconstrucción, de autoformación, de educación, de paideia más importante para todo lo que estamos hablando, sin menospreciar la educación ambiental en sentido estricto y formal, es la que se da en los movimientos sociales. Es ahí donde la gente se autoorganiza para actuar y, mientras lo hace, aprende en el recorrido. Lo que sucede es que, mientras en los años 70 y 80 esa clase de procesos iban hacia adelante, pese a todas las dificultades, desde entonces, parecen no avanzar porque hay muchos intereses y mucha desinformación en el camino. Y, por otro lado, de manera contradictoria, la gente está como saturada y harta de que le hablen de ecología. Ese fenómeno también lo recojo en algún momento del libro. Hay hasta un término que han acuñado los sociólogos, la ecofatiga, para describirlo. Efectivamente, como bien indicas, hay mucha cháchara, mucho marketing verde, mucha propaganda, mucho uso de imágenes, estilemas, apropiación de contenidos. Ahora la Unión Europea está hablando de economía circular. Se utilizan conceptos que vienen del movimiento ecologista y que han sido apropiados, transformados en otra cosa. Sustentabilidad o sostenibilidad, por ejemplo, son nociones que vienen del mundo ecológico, pero cuando un presidente o un consejero delegado de una gran empresa habla de desarrollo sostenible, en el 99% de los casos está transformando en su contrario lo que inicialmente fue el sentido del término. Todo eso lleva a una situación de muchísima confusión, en la cual la gente tiene muchas veces la impresión de que todo el tiempo se está hablando de ecología, de que se hacen cosas que están muy cerca de quienes pueden manejar palancas de poder. Hay muchísima propaganda, muchísima moda alrededor que lo desvirtúa todo. Se publican revistas que nos venden el concepto de la buena vida, pero que están llenas de anuncios a toda página de grandes empresas energéticas. Eso es lo que metaboliza como ecología la cultura dominante y resulta muy perjudicial, porque, por supuesto, no tiene nada que ver, está muy alejado de lo que debería ser, de lo que nos tocaría hacer.
Jorge Riechmann. Por  Nacho Goberna © 2015
– En su momento nos ilusionaron los verdes alemanes. Parecía que podían hacer girar los acontecimientos en otra dirección, pero ahora tienen un perfil más bajo.
–  Bueno, ese es un asunto complejo. Yo escribí mi tesis doctoral sobre los verdes alemanes hace muchos años. ¿Qué ha pasado ahí? De nuevo no podemos entenderlo sin ver lo que ha sido el potentísimo despliegue de la política neoliberal en la que estamos inmersos y sin analizar a fondo como nuestras sociedades han ido yendo hacia la derecha, hacia la derecha, hacia la derecha, sin ser, muchas veces, del todo conscientes. Hay un fenómeno que los psicólogos sociales tienen muy bien estudiado y que denominan los puntos de referencia cambiantes. Cuando una sociedad entera se desplaza en cierta dirección poco a poco, de manera que todo -las instituciones, los valores, las gentes-, va moviéndose al mismo tiempo, en el mismo sentido, la sensación puede ser que nada se mueve, que está uno básicamente en el mismo punto, pero los cambios pueden ser brutales. Esto se ha estudiado, por ejemplo, en relación a la Alemania de los años 30. A medida que todo iba llevando al estado nazi que conocemos, desde dentro, a mucha gente le parecía que no pasaba nada importante, porque todo se iba desplazando al mismo tiempo en la misma dirección. Yo creo que aquí también ha pasado algo parecido.  Los verdes alemanes, que son el partido ecologista más interesante que ha surgido hasta el momento, el experimento sociopolítico más importante, tuvo en sus inicios un componente dominante de izquierda, aunque siempre muy mezclado con el centro e incluso la derecha, pero, coincidiendo con el paso al neoliberalismo, y pese a haber crecimiento y éxitos electorales, ese ala de izquierda del partido va siendo marginada y en parte lo acaba abandonando. A medida que la sociedad fue avanzando hacia la derecha, también los arrastró a ellos en la corriente. Una y otra vez nos tropezamos con lo mismo. No podemos de verdad ecologizar esta sociedad sin chocar frontalmente con el capitalismo. Si queremos ir hacia una economía ecológica hacen falta rupturas con el capitalismo y eso son palabras mayores. Y, por otra parte, ahora mismo hay que plantearse seriamente la siguiente pregunta: ¿Qué es la izquierda hoy? Seguimos hablando por inercia de partidos socialdemócratas, por ejemplo, cuando a un socialdemócrata de los años 20, 30 o 40, si viera qué tipo de políticas o de discursos adopta la gente que así se sigue llamando, se le erizaría todo el vello de la piel. La socialdemocracia de Tony Blair o de Rodríguez Zapatero no tiene nada que ver con lo que fue históricamente la socialdemocracia. Pero, volviendo a lo de antes, el ecologismo tomado en serio es anticapitalista y eso es bien fuerte, porque dónde hay políticas anticapitalistas ahora en nuestras sociedades. Son absolutamente minoritarias. En ese escenario es donde hay que situar la deriva de los ecosocialistas alemanes, de todas esas corrientes o personas que abandonaron, al final cansadas, el partido en la década de los 80. Desde mediados de los 90, la descripción politológica correcta de los verdes alemanes sería la de ecoliberales con un mayor grado de sensibilidad social.  Eso mismo sirve para otros partidos verdes europeos.
Hay mucha cháchara, mucho marketing verde, mucha propaganda, mucho uso de imágenes, estilemas, apropiación de contenidos. Hay muchísima propaganda, muchísima moda alrededor que lo desvirtúa todo. Se publican revistas que nos venden el concepto de la buena vida, pero que están llenas de anuncios a toda página de grandes empresas energéticas. Eso es lo que metaboliza como ecología la cultura dominante y resulta muy perjudicial, porque, por supuesto, no tiene nada que ver, está muy alejado de lo que debería ser, de lo que nos tocaría hacer.
– ¿Y en España? Equo parece conformarse con un discreto segundo plano.
– La historia española es una historia muy distinta por la singularidad de la dictadura. La articulación de ese espacio político ha sido bastante compleja y, al final, en parte por errores propios, en parte por la ocupación de ese territorio por otras formaciones como Izquierda Unida, la cosa ha ido como ha ido. Equo ha aparecido ya muy tarde y hay cosas muy valiosas, pero ojalá tuviera más fuerza. Con mucha frecuencia nos planteamos qué es lo que hemos hecho mal, qué errores hemos cometido, y, sin duda los hay; hay errores propios en los últimos 30 años que pueden explicar circunstancias desfavorables, pero no nos equivoquemos. Lo principal no es tanto lo que hayamos podido hacer mal, sino el poder brutal y en aumento que nos hemos encontrado delante. Y vuelvo al dato de antes: en la comunidad autónoma de Madrid somos 50, 60 activistas a lo sumo, en una asociación como Ecologistas en Acción, en un entorno de seis millones de personas. Esa es la lamentable situación, la acusada desproporción de fuerzas.
Jorge Riechmann. Por  Nacho Goberna © 2015
– Sin embargo, el caso español es muy curioso. Desde el 15-M, la rapidez a la que se ha producido todo es espectacular. En el libro hablas de la ilusión que ha generado la irrupción de un partido como Podemos. ¿Hacia dónde puede ir esa ilusión y hasta qué punto en Podemos tiene peso la preocupación ecológica, la conciencia de los cambios que será necesario acometer y explicar a la gente? No parece que se marque demasiado el acento por ahí.
– En España han cambiado muchas cosas para bien, sobre todo el despertar de parte de la sociedad a partir del 15-M. Pero tampoco debemos sobreestimar eso. Uno de los lemas, consignas, incluso micropoemas que se escribían en Sol y en muchas plazas de otras ciudades españolas, el mes de mayo de 2011, era: “dormíamos y hemos despertado”. Esa frase, con todas sus variantes, expresa algo muy valioso. La sociedad española ha ido abriendo algo los ojos en medio de la narcosis generalizada en la que estamos. Y, aunque lo parezca, eso tampoco surgió de la nada. No es que antes no hubiera movimientos sociales y de repente aparecieran por arte de magia. Muchos de esos movimientos arrancaron de atrás, de la dinámica de los foros sociales mundiales, del espíritu del alzamiento neozapatista en México en 1994 y, sobre todo, después, del quebranto que provocó la crisis económica y financiera, lo que hizo que se dieran condiciones para que sectores cada vez más amplios de la población empezaran a ver con mayor claridad el mundo en el que estamos. Pero, con todo,  hay que intentar ver las cosas con cierta perspectiva. Yo estoy metido de cabeza en todo esto. Me presenté con otros compañeros al Consejo ciudadano autonómico de Podemos y, junto con otra mucha gente, ahora estoy trabajando en la redacción del programa autonómico para Madrid, donde me ocupo de las cuestiones ecológico sociales. Por eso no lo veo como algo ajeno, puedo hablar del proceso en primera persona y puedo decir que hay sectores que tienden a sobrevalorar algunas de las cosas que han ido sucediendo, que hay mucha gente joven que tiene una confianza plena en la capacidad movilizadora de las redes sociales, algo en lo que yo soy mucho más escéptico. Recuerdo, por ejemplo, una conversación con uno de los activistas de Acampada Sol, alguien metido muy de lleno en lo que había sido la acampada en Sol y el 15-M. Su conclusión era que se había conseguido politizar a cinco millones de personas. Y yo reflexiono: Si de verdad hubiéramos politizado en serio a cinco millones de personas, ya estaríamos en otro contexto electoral y político. Hay cambios muy importantes y hay posibilidades de ruptura, pero ya veremos hasta dónde se llega. Yo de lo que estoy convencido es de que lo que nos haría falta es una sociedad que dejara de actuar básicamente como espectadora, espectadora a través de pantallas pequeñas, de pantallas grandes, dándole a “me gusta” aquí y allá. Una cosa es que una encuesta demoscópica te diga que el 80% de la sociedad española muestra su simpatía por esta gente joven, que ha acampado en las plazas, y otra cosa son los resultados a partir de las convocatorias electorales, las posibilidades reales de impulsar cambios en la sociedad. Ahí tenemos las elecciones andaluzas y ahora toca ver que tal se dan las autonómicas y municipales… Insisto: debemos pedir democracia real ya, pero nos tenemos que dar cuenta de que eso no es posible sin que muchísima gente eche muchísimas horas de trabajo desgastante, disciplinado y cotidiano en distintos contextos. Una democracia de espectadores es una contradicción en los términos. Democracia real quiere decir mucha gente echando mucho tiempo en organización, formación, lucha política, actividad disciplinada. Es en ese espacio donde se dan perspectivas interesantes. Lo que está sucediendo en Grecia, lo que nos está permitiendo ver de la posibilidad de actuar de otra manera no hegemónica y, a la vez, del comportamiento de la UE, es muy interesante. Y lo que tal vez pase aquí tiene, desde luego, un valor grande, pero, al mismo tiempo, debemos dimensionar muy bien todo esto para no llamarnos a engaño y darnos el batacazo. Es un poco lo que pasó en Andalucía. Si lo pensamos bien quince diputados alcanzados en tan poco tiempo de trayecto, no está nada mal, pero se ha recibido como una especie de derrota. No hay que hacerse demasiadas ilusiones sobre el nivel de politización real. Cuántas veces oímos, por parte de sociólogos y politólogos, que hay una mayoría social de izquierda. Eso da lugar a muchas ilusiones, pero calma; pensemos en la gente que de verdad es consciente del tipo de confrontación que hace falta para cambiar de verdad las cosas..
Jorge Riechmann. Por  Nacho Goberna © 2015
– Los cambios de valores, de conciencia, suelen ser procesos lentos. Como dice Julio Anguita, el político debe tener la paciencia del campesino. En Grecia, el trayecto de Syriza fue largo…
– Sí, pero también es verdad que la velocidad de la historia no es siempre lineal, que también se dan aceleraciones, cambios mucho más rápidos. Eso es posible y ahí el drama, que sólo una parte muy pequeña de la sociedad ve por este negacionismo generalizado sobre las cuestiones ecológicas del que hablábamos antes, es que la historia ya no va a ser lo que era. El drama es que ya no tenemos mucho tiempo para evitar peligros enormes. Estamos en tiempo de descuento y eso es lo que mucha gente, sensible ahora a cuestiones de desigualdad social, democratización en sentido amplio, lucha contra la corrupción, no acaba de asimilar. Ante la cuestión del abismo ecológico social son conscientes sectores aún muy minoritarios. Hemos dicho: “Dormíamos, pero hemos despertado”. Ahora nos hace falta despertar todavía bastante más.
Lo que nos haría falta es una sociedad que dejara de actuar básicamente como espectadora, espectadora a través de pantallas pequeñas, de pantallas grandes, dándole a “me gusta” aquí y allá. Una cosa es que una encuesta demoscópica te diga que el 80% de la sociedad española muestra su simpatía por esta gente joven, que ha acampado en las plazas, y otra cosa son los resultados a partir de las convocatorias electorales, las posibilidades reales de impulsar cambios en la sociedad.
– Hablábamos de Grecia, un pequeño bastión en medio de la homogeneización. Por una parte, es esperanzador que haya gobiernos que planten cara, que nos hagan ver lo que se esconde detrás de la mal dirigida austeridad, pero también produce bastante frustración ver que las democracias no funcionan, que el poder, el sistema, no permite impulsar políticas de rescate social urgentes. La deuda, una deuda ilegítima en gran parte, es la gran prioridad de la Unión Europea.
– Así es. Y ya vemos qué políticas son las que nuestros vecinos griegos están intentando impulsar. Son medidas propias de lo que fue la socialdemocracia hasta hace muy poco. Esto es lo que nos debería hacer ver el mundo en el que estamos, la brutal dirección hacia la derecha que hemos tomado. Las políticas que está proponiendo Syriza no suponen ninguna ruptura revolucionaria. Se trata de introducir un poco de justicia social, que fue lo que defendió hasta hace poco la socialdemocracia. Y, sin embargo, todos esos partidos que siguen llamándose socialdemócratas, permanecen impasibles, apoyan todo lo contrario a lo que fueron sus principios. Es una gran paradoja.
– La crisis ha abierto ventanas de transparencia, ha hecho que volvamos la vista hacia los derechos humanos. El derecho al trabajo, al techo, a la salud y la educación, están en la primera línea de las reivindicaciones, pero en lo que respecta a las amenazas del planeta pensamos que habrá tiempo, que no es la prioridad.
– Bueno, eso es comprensible en un país como éste por la quiebra que se ha producido, por el nivel de desempleo tan elevado que tenemos. Hemos ido aguantando por los distintos colchones sociales que han amortiguado la caída, pero el hambre y la desnutrición han vuelto a aparecer. El error es no ver como todas esas cuestiones están conectadas con las preocupaciones ecológicas. Pensar, como han formulado también en ocasiones amigos y compañeros, que lo que toca ahora es dar de comer a la gente y aplazar lo otro, que ya vendrá el tiempo de resolverlo, es un error. Somos ecodependientes e interdependientes. No se puede organizar una economía viable sin tener en cuenta las amenazas ecológicas en las que ya estamos y que todavía van a agudizarse mucho más. Y eso no es algo optativo. Lo vamos a aprender por las buenas o por las malas. Estamos ya en tiempos de descenso energético. Las sociedades industriales se han desarrollado de forma explosiva gracias a un chute de combustibles fósiles y lo que tenemos ahora es un capitalismo fosilista, adjetivo que no deberíamos olvidar. Sin ese chute de energía, de esa bioenergía acumulada durante cientos de millones de años en forma de carbón, petróleo, gas natural, que nosotros nos hemos puesto a sobre consumir de manera bastante inconsciente e irresponsable en estos dos siglos últimos, el mundo no sería como es y nuestras sociedades no se hubieran deformado tanto en ciertas dimensiones como lo han hecho hasta ahora. Sea como fuere, esta es la historia de nuestros dos últimos siglos y eso se acaba. No va a seguir existiendo la posibilidad de sobreconsumo energético que ahora tenemos y que nos sigue pareciendo normal. Sabemos por distintos estudios e investigaciones que para funcionar con economías viables y con cierta justicia global, es decir, en un mundo relativamente igualitario, sin esa quiebra brutal entre Norte y Sur, mirando a los más desfavorecidos del planeta, los países enriquecidos, incluyendo al nuestro, que, pese a la situación actual, globalmente sigue formando parte de ese norte enriquecido, tenemos que reducir el uso de energía y materiales en nueve décimas partes. ¿De qué manera se hace eso? Pues hay cosas que se pueden hacer sin perturbar tanto el orden existente, pero todos los cambios importantes suponen un choque frontal contra el funcionamiento de las estructuras actuales. Uno puede organizar una economía que satisfaga adecuadamente las necesidades humanas de esa enorme población que somos ahora, de más de 7.200 millones de personas, con las reducciones de energía y materiales necesarias, con los consiguientes impactos asociados, pero eso no puede ser una economía capitalista, de crecimiento constante y de generación continua de supuestas nuevas necesidades. Tiene que ser otra cosa.
Jorge Riechmann. Por  Nacho Goberna © 2015
–  ¿Algún ejemplo? ¿Algo por lo que se pueda empezar a actuar ya?
– Como te decía, se pueden dar algunos pasos. Recientemente, por ejemplo, dimos una charla formativa en el círculo de Podemos en Retiro sobre basuras y residuos. En ese terreno, en el de la gestión de los residuos sólidos en los recintos urbanos, se le puede dar la vuelta yendo hacia un modelo deseable, con muchas ventajas sobre el actual, sin topar más que con los intereses, en este caso, de las grandes constructoras que tienen su división de gestión de basuras y se hacen con las contratas de los ayuntamientos. Chocaríamos contra ese poder económico, pero casi nada más, para alcanzar la alternativa del modelo de residuo cero, que está articulado y ya está funcionando en muchos pueblos y ciudades de Europa, incluyendo urbes grandes como Milán. De esta manera, siguiendo el ejemplo de pueblos que ya lo hacen también en España, en Cataluña, en el País Vasco y en Baleares, en Madrid pasaríamos a tener una gestión adecuada, recuperando y reciclando adecuadamente. Esto se puede hacer y ojalá que tengamos la oportunidad, pero los residuos sólidos urbanos son un pequeño porcentaje del problema general de residuos en nuestra sociedad. Se  trata apenas del tres o cuatro por ciento, el resto son residuos industriales, de construcción. Entra en juego la economía entera. Para actuar en todos esos ámbitos, para introducir modificaciones, se necesitan otras estructuras económicas, otra forma de funcionamiento. Hoy podemos dar algunos pasos, fuera del sistema dominante en el que estamos, pero sabemos que sin momentos de ruptura muy importantes, no podrán cambiar las cosas que de verdad tienen que hacerlo.
Se puede organizar una economía que satisfaga adecuadamente las necesidades humanas de esa enorme población que somos ahora, de más de 7.200 millones de personas, con las reducciones de energía y materiales necesarias, con los consiguientes impactos asociados, pero eso no puede ser una economía capitalista, de crecimiento constante y de generación continua de supuestas nuevas necesidades. Tiene que ser otra cosa.
– Una y otra vez te refieres en el libro al credo del Mercado. Un credo que será necesario derrumbar. ¿No crees que su resquebrajamiento ya ha empezado?
–  Sin duda. De todas las cosas buenas que nos han pasado en estos últimos años es fundamental la apertura de los discursos públicos, a todos los niveles. En los últimos cuatro años, de repente nos hemos visto en el metro o en el autobús hablando entre nosotros del funcionamiento del mercado financiero, de la deuda pública, de los servicios sociales. Eso es nuevo y es positivo, claro que sí. Pero a su lado está, por ejemplo, el anulamiento de algunos sectores clave, entre ellos los medios de comunicación masivos, que obstaculiza que lleguemos a la verdad de los hechos. Los medios dependen más estrechamente de los grandes grupos económicos y eso también lo hemos visto en el mundo de la universidad y de la investigación científica. Se trata de sectores clave para una sociedad moderna y, sin embargo, cada vez son más dependientes del capital, para nuestra desgracia. La cosa se ha degradado tanto, y tan rápidamente, en tan solo treinta años, que su alcance se nos escapa. Lo que podemos hacer es intentar dar algunos pasos e ir creando condiciones para que haya movimientos mucho más organizados, masivos, conscientes, de gente que quiera transformar las cosas. Ese es el sentido fundamental que yo veo ahora mismo al esfuerzo que se está haciendo para intentar dar un giro importante hacia otra dirección en todas las áreas de la vida, también, por supuesto, en las instituciones que nos representan.
Jorge Riechmann. Por  Nacho Goberna © 2015
Construir alternativas, proyectos de cooperación, de participación. Volver a recuperar conceptos como solidaridad, tan desprestigiados en las sociedades del lucro, esa es la idea con la que nos quedamos tras recorrer las páginas, las conclusiones, el compendio de lecturas al que nos acerca Jorge Riechmann en Autoconstrucción. Nos presenta, por ejemplo, la idea de Joaquim Sempere de construir espacios, sociedades más resistentes a los peligros que nos amenazan, y que el sociólogo denomina municipios en transición. Una experiencia a la que habrá que llegar tras entablar un combate cultural que someta a crítica el presente. Nos acerca a las teorías del decrecimiento que preconizan estilos de vida más frugales, que nos pueden seducir con la posibilidad de vidas más sencillas y locales. ¿Cómo convencernos de que el decrecimiento no implica menos bienestar, ni, por supuesto, menos felicidad? ¿Cómo recuperar el buen sentido de la palabra austeridad que tanto han desfigurado los neoliberales? ¿Queremos de verdad cambiar, autoconstruirnos? Son algunas de las preguntas que plantea el recorrido que nos propone Riechmann, un recorrido que nos induce a reflexionar, a luchar con nuestras propias contradicciones, resistencias e inconsistencias. He ahí su gran valor.
¿Podemos controlar la megamáquina capitalista, se pregunta el autor. “Si no podemos hacerlo, ¿se sigue de ello un retirarse a esperar la catástrofe, hacia la que avanzamos a toda velocidad? Por una parte, está la vieja posibilidad de poner palos en las ruedas, actualizada como echar arena entre los engranajes primero, y más recientemente como desconfigurar conexiones entre los circuitos (…) Por otra parte, subsiste la orientación general de fracasar mejor. El derrumbe de la Megamáquina será, lo sabemos, una espantosa tragedia: cabe trabajar por reducir en lo posible la inconcebible masa de sufrimiento, tanto el humano como el de las demás criaturas”, argumenta Riechmann, quien habla de comenzar ya a construir más botes salvavidas y a organizar las formas de cooperación solidaria que pueden reducir los costes del naufragio”. Catastrofismo, dirán algunos. Simplemente realismo, pensamos otros. Un realismo que nos lleva a visualizar en episodios de ciencia ficción cada vez más cercanos.
Jorge Riechmann. Por  Nacho Goberna © 2015
“Nos pierde / la codicia de los menos / la cobardía de los más / la irracionalidad de todos / falta lenguaje / falta decir / del horror que viene / Pero tú ya lo sabes: donde termina el reino de la mercancía / comienza la vida…”
Lo dice Riechmann de otro modo, a través de estos versos de su libro Poemas lisiados. El lenguaje de la poesía, La poesía, sí, capaz de tocar lo invisible, lo oculto, lo callado. La poesía como ventana de lucidez.
Jorge Riechmann. Por  Nacho Goberna © 2015

Autoconstrucción (La transformación cultural que necesitamos) ha sido publicado por Ediciones Catarata. Poemas lisiados se ha publicado en el sello La Oveja Roja.  
Todas las fotografías fueron tomadas por  Nacho Goberna © 2015 durante el transcurso de la entrevista.

sabato 9 maggio 2015

A brave opinion on the racist facebook friends we all have

A brave opinion on the racist facebook friends we all have 

Don’t unfriend your racist Facebook friends. Teach them

The Baltimore unrest showed bigots need to hear the voice of reason. And the rest of us need them to stay in touch with reality
Perhaps you’re like me, and the first thing you do every morning is to check social media. And perhaps on a recent morning, you opened your Facebook app only to see your old high school buddy Stacey post this:
“Why don’t we just send the US Marines to Baltimore City and clean house?! We don’t need these animals around us anyway!”. It was posted an hour ago, and already has 107 likes. You scroll down a bit further down the thread. One of her friends chimes in: “I’m down! As a Marine veteran, I’d love to smoke some of them animals!”. 46 likes on this one.
I’m gonna delete this jerk, you think. You don’t need this negativity, especially not this early in the morning. It doesn’t matter if she used to share her fries with you when you ditched gym class to go to Burger King. That was then, this is now – and whatever she’s become now disgusts you. You move your cursor, hovering over the ‘unfriend’ button.
But please, don’t. Not only because she needs you (she does), but because you need her. She’s the only thing keeping you in touch with reality right now.
I get it. It’s frustrating. We went through this with Ferguson, and Staten Island. Back then, your buddy posted fake pictures of Michael Brown with a gun, and now, she posts fake pictures of looting. She posts videos of a CVS burning. She doesn’t post the videos of police throwing bricks at children, or the video of a young man literally being kidnapped by armored troops as CNN reporters ignore him. At best, she might post the now-infamous video of the woman smacking her child, calling her a hero – yes, Stacey, the same woman that posted that 10 Reasons Not to Hit your Child listicle last week. But she’s happy to have permission to cheer on the beating of a black child.
To her, broken windows really are worse than broken (black) spines.
It’s strange. All of a sudden, your friends, many of them (but not all) white, have an opinion on black politics.
These people – your friends – have never once said anything about Baltimore before Freddie Gray. Poverty did not concern them. Lack of access to healthy food did not concern them. Even police brutality did not concern them, except when it came with a video, because that was free entertainment. But suddenly, they are not only moral authorities, but political strategists and historians: If even one of you people steal something, it will ruin your cause – can’t you see that? You’ve got to police your own. Isn’t this rap music’s fault? Can’t you be like Dr. King? He never inconvenienced people’s daily commutes.
It’s a bizarre kind of Monday Morning quarterbacking – except instead of wannabe athletes, they become wannabe political leaders of a movement they don’t even support.
We know what their true thoughts are. Their feeling for us – and by ‘us’ I do not only mean black people – is somewhere between angry disinterest and hatred. They say that they are not racists, but we know better. We know that the word ‘racist’ does not only apply to the man holding the rope around the black man’s neck in those old postcards of public hangings. It also applies to the spectators who point at the body as it swings in the air. It also applies to the people at home, not pictured, who don’t attend the festivities, but would rather not think about them.
That is, we know that the violence of racism doesn’t always come with the throw of a noose and the cock of a gun. Sometimes, it comes with a shrug of the shoulders, and a click of the tongue. But, they have a point when they complain about the rioting and say that violence will not solve violence. Violence is not the answer here. We can’t allow ourselves to sink to their level.
What is happening in Baltimore is the result of America turning its back on its own. It is violence of willful ignorance that we cannot afford to imitate. There can be no ‘safe space’ for us, until all spaces are safe. If we aren’t safe in the courtrooms or in the streets, we can’t pretend to be safe online.
So: don’t be like them. Real life is not a closet that you can ‘tidy up’. It is a world in which the girl you used to eat bugs with in kindergarten can grow up to be a frightened xenophobe. Stacey, and your other friends can get annoyed at Baltimore links and go look at cat pictures, but you cannot. Read their statuses, observe their entitled annoyance. You don’t have to respond, yet.
But don’t turn away.

sabato 11 aprile 2015

How to find out what you are good at

From Business Insider

Excerpt from Do Over: Rescue Monday, Reinvent Your Work, and Never Get Stuck – by Jon Acuff

If we ever had coffee and I asked you what your skills are, you'd probably tell me one of two things:
1. I don't know what my skills are.
2. I don't have (m)any.
The first answer might be born from the simple fact that you haven’t thought about that question often.
The second answer, is probably because you’re human. We humans have a difficult job seeing our own skills as skills. We don't consider them skills but rather just things we do.
So during this fictional coffee, the first thing I would do is to try to help you figure out what skills you already have. I'd even pull out a stack of note cards, which would probably make you recoil a little. But the goal is to create a list of our current skills so that we know what we have to work with, what might be missing and what we want to improve.
There are only two steps to this exercise:
1. Write down ideas.
2. Look for patterns.
For my high‑detail friends this is like some sort of dream come true. For my low‑detail friends, you are among company. I feel your lack of organization but I assure you that your career is worth it.

Step 1: Write Down Ideas

I don't want your cards to be perfect. I just want you to write.
Step 1 is all about quantity. One skill per card, as many cards as you can come up with. This is not the time to edit. For now, we're going for volume. To get started, here are some questions you can answer about your skills:

1. What are you good at?

Screw humility. This is no time to be humble. What's something you're good, dare I say, amazing at? Do you create great marketing proposals? Can no one balance a budget like you can? I'm not talking about just in your current job either. Go way back. If you were a fantastic paperboy, write down "On‑time delivery."

2. What comes naturally?

You think everyone can do what you do, but we can't. The elaborate dinner parties you throw so easily are indicative that you're amazing at event planning and connecting with others. Just because it's easy doesn’t mean it's not a skill. Are you renowned for your ability to pack ten days of clothes into a small carry‑on for business trips? Have you figured out a unique way to fit a fully functional wood shop in your garage but always thought of it as a silly hobby?
Courtesy of Penguin Random HouseThis story comes from "Do Over: Rescue Monday, Reinvent Your Work, And Never Get Stuck" by Jon Acuff.

Step 2: Look for patterns

Now that you've got a few skills labeled you'll start to notice something: Some of the ideas are related.
Group them in the way that works best for you. Maybe you want to group yours by "Skills I love doing," "Skills I get paid the most for," "Skills I want to improve" or "Skills I haven’t used in a long time."
Don’t worry if you don't come right out of the gate with some patterns. If this is your first go‑round with an activity like this, you shouldn't be great at it yet. Try tweaking this exercise to make it work the best possible way for you.
Put your cards in a spot where you will see them during your average day and give yourself more than one chance to collect ideas. Fear would love to add the inconvenience of searching for a card as a way to prevent an idea from seeing the light of day. Beat it back by keeping a stack in a few locations at home. And keep some in your pocket.
It might feel a little strange, but anyone who judges you for writing down an idea and trying to be smarter about idea capture is a jerk. (You could always do this using an app on your phone but remember, there’s still something powerful about physically writing an idea down.)
The goal of looking for patterns is greater clarity into what skills you possess. If you have ten skills written down, for instance, and nine of them fall into the category "Skills I don't use at my current job," we need to fix that. We need to find a new job that uses more of your skills, bring more of your skills to your current job or learn the skills your job actually requires.
If you ended up with two note cards and a pattern of "I have no skills, I hate you Jon Acuff," it might be time to phone a friend. Grab coffee with someone and ask them flat out, "What do you think my skills are?"
The point of the note card exercise is to generate two different things: Hope and awareness.
The first one is simple: Launching a Do Over takes a tremendous amount of hope. At the start of a journey like this, it's very easy to get discouraged and think you currently don't possess many career skills.
The second goal, awareness, is to help you see new skills you might want to acquire. Whether you want to get better at your current job or find a new one, chances are you will need new skills.
Seeing what skills you currently have on note cards often helps increase the awareness of what’s missing and gives you a jumpstart to identifying the new skills you might need for a new job or to break out of a career rut.

martedì 31 marzo 2015

About fucks to give our not to give.

A lesson I'm afraid I'll never lear: 



Just like every other human on the planet, I have epically awesome days and days when life just shits on my face. And while I can’t stand most self-help (see: tired quotes over stock photography on Instagram), sometimes I need a little pick-me-up. And most of the time, in order to get out of a slump (because my brain leans more into math/science than anything else), I need to drop a logic bomb on my ass.
Yes, this is a long article. But here’s the thing — if you’re reading this in your inbox and are already like, “fuck this!” delete it. No hard feelings. If you’re reading this in a browser on a website, and you see how tiny the scroll-bar is because of how far you still have to scroll to get to the bottom, close this tab and go back to 140-character tidbits of advice.
Still with me? Phew. Just had to weed out all the folks from points: #1, #4 and #8. Welcome friends, onward we go.
This guide works when anything shitty happens. Someone criticizes you online? Read this. Someone wants a refund on something that took you five years to build, and they’re mean about it? Read this. You got fired from a job or by a client? Read this. Zombie apocalypse? Well… in that case, what’s probably more important is non-perishable provisions and zombie-smashing devices (but maybe afterwards, read this).

1. Everyone is offended all of the time.


We’re all set in our ways. As much as we tout how open-minded we all are, we all have little nit picks about everyone else. Slow drivers (who speed up when the road goes from one to two lanes), 17-year-old yoga teachers who talk about the meaning of life for the first 45 minutes of a 60-minute yoga class, people who write op-ed pieces on the Internet (like me…), people who swear, people who use social media in a way that we don’t.
Assume whatever it is you’re doing, someone else can — and will — be offended by it. This shouldn’t stop you from doing what you’re doing, but it also shouldn’t come as a surprise when someone tries to tell you how offended they are by what you just did.

2. If someone is offended by you, that’s because they’ve noticed you.


Before you get bent out of shape about someone dumping their shit on you, realize that they’ve taken time out of their day to call you out. They noticed you, paid attention, and consumed what you made. Sure, they hated it, but now you’re wasting even more of their time because they’re telling you how much or why they hated it.
Even if you don’t respond (and you probably shouldn’t), you’ve won because you’re on their radar and they don’t want you to be. Plus, even if someone is offended by you, them telling you about it is basically the worst case scenario. Life will continue, the planet will keep fucking spinning, and no one but you will be the wiser that someone was offended.
Worst-er case scenario: someone complains about you publicly. Reality: it’s not that bad, because people have the attention span of a gnat when it doesn’t relate to them, so it fades quickly from the collective radar (or Twitter stream).
We’re all paranoid that everyone will hate us. Especially when we make things for other people, and especially when we put those things online. Go into everything assuming that even if a few people do hate you or what you’ve made, there are more people silently consuming what you made (or even better, buying what you made).

3. Not being noticed sucks more, but it’s a universal pain.


If no one hates you, no one is paying attention. If attention is what you want for vanity, confidence, or, hell — to make a decent living — then know that it’s not instantaneous. Every single person that you’re currently paying attention to, at some point in their lives, was in your exact position. They kept at it and worked enough so that others started listening.
Also know that if no one is watching, you can experience true freedom. Dance in your underwear. Write entirely for yourself. Swear like there’s a going-out-of-business sale on “fucks” and “shits.” Find yourself — not in some coming-of-age hippie way involving pasta and ashrams— but in a way that helps you draw your own line in the sand for what matters and what doesn’t. Do what you want to do, just because you want to do that thing. This will build confidence that will come in handy later.

4. People will judge you, regardless of what you do, because everyone’s “judgy.”


Fear can make us afraid of what others will think. It’s not a question of if people will judge you, because they definitely will judge you. People are judgy and that judgement is scary.
True story: I just got invited to an event, read the invite online, and judged the hell out of the event. I actually said, out loud, to myself, “Fucking hippies!” It’s a party that features fires and dancing, wild-harvested local food, rosehip mead and gratuitous photos of people with dreads and body paint hugging each other. Is their party happening regardless of whether not I attend? Heck yes, it is. Will the party be awful because I think they’re a bunch of hippies? Heck no, hippies don’t give a shit about me. They’re going to drink their rose hip wine (probably out of chalices they whittled while chanting to fairies) and dance into the night having a blast.
Don’t be me in that situation, be the hippies. Not literally of course (unless that’s your thing), but you get what I mean.
Look at it this way — whatever you do, whenever you do it, you’ll be judged for it. Even by letting fear kick your ass and doing absolutely nothing, you will be judged. So, since you’re going to be judged any way, why not actually take action? That way, at least when you judge yourself, you’ll be able to sleep well at night (you’ll be tired from the figurative mead and dread-locked dancing). Everyone else who judges you can politely fuck off.
We all care what others have to say. But it becomes dangerous when we value their opinions more than our own. The list goes, in order of importance: 1) our opinion of ourselves, 2) (which is a distant second) everyone else’s opinion of us.

5. Luckily, judgement & respect are different things


Being judged and being respected are not the same thing. People can think you’re an asshole and still hold you in high regard. People can totally disagree with you, but still understand your values.
Conversely, if someone judges you as a nice person or a decent human being, it doesn’t mean they respect you. People walk all over nice and decent human beings all the time. It sucks, but it happens. On the other hand, people don’t tend to walk all over people they respect.

6. Self-respect leads to others respecting you.


Self-respect, in a world where everyone is constantly offended and judging you, is fucking tough. But it’s necessary.
You need to figure out what makes you respect yourself first, before anyone else will respect you. That’s because people are sheep. They see one person doing something, and they do it, too. Like fucking lemmings and cliffs. Or that Derek Sivers TED talk where that one guy started dancing and everyone followed (he was probably drunk on rosehip mead). So if you’re respecting yourself — publicly and proudly — chances are, others will follow. And even if they don’t follow, hey, you’ve got yourself a nice big bowl of self-respect and there’s nothing wrong with that.

7. Self-respect & entitlement are very, very different things.


Self-respect means you know what you’re willing to do and what you’re not willing to do. It’s honour and dignity that makes you, you. It’s your line in the sand to help you feel good about who you are and what you’ve done.
This doesn’t mean that you have special privileges or rights to anything, though. Whoa there, pardner!
Entitlement means you think you deserve something. You deserve your own self-respect and to be treated decently by others. Anything past that — you’ve got to fucking work for it. And even then, even if it doesn’t work out the way you wanted, that’s just the way the cards fall sometimes.
Feeling entitled is the quickest way to lose respect from others. The world doesn’t revolve around you. You don’t deserve anything that you didn’t earn. You need to start small and build up; paying some dues. You can’t just do whatever the fuck you feel like and make a shit-load of money or get famous doing it. The world doesn’t work like that. I’m glad it doesn’t. That’s not healthy.
Ashton Kutcher had it right when he said, “working hard and being generous and thoughtful and smart is a path to a better life. The only thing that can be below you is to not have a job.”
Self-respect doesn’t mean you deserve something. It doesn’t mean you’re better than anyone else. It doesn’t mean you don’t have to venture into the unknown, like the rest of us, and see what happens when you do.

8. If you don’t have their respect, you don’t need them.


So, say you’ve got your own self-respect dialled in. You know that entitlement is bullshit. Yet, some people are still not going to respect you.
The good thing about people not respecting you is that unless they’re actually causing you some sort of harm, you can be like, “fuck ‘em.” They’ll never support your work or make you better as a human being, so you drop them as quickly and silently as possible. They’re dead weight to your path to winning.
Unless you’re into pain and anguish, people who don’t respect you shouldn’t be in or even near your life. They’re not your audience, your rat people, your customers. You don’t need them for anything.

9. You really only need the people who respect and value you.


With the disrespectful assholes and trolls out of the way, the people that are left fall into two categories: People who don’t know who you are, and people who respect and value you.
The former don’t matter, unless you’re into building an audience, in which case you just need to show them that you exist in some way. They should know about you, but they just don’t know about you… yet.
What’s left is your people. These are the most important people to you on the planet. They’re the ones who not only pay attention, but are interested. Treat these people like royalty, because to you, they should be. Make things for them, be generous towards them, and basically make sure they know how you value them.

10. Confidence is achievable by the timid, introverted, or non-a-types.


I’m an awkward little nerd who’s afraid of everything, dislikes groups of people, and has a penchant for being alone. I’m definitely not type-a or extroverted.
I’m confident, not because of ego (ok maybe a little because of ego) but because I try things, fail at things, and learn things. I’ve spent a lifetime learning how to do a couple things well (and I don’t ever stop learning). You can get confidence like that too — all it involves is action and a willingness to learn.
You don’t need to be loud to be confident. Sometimes the most confident person in the room is the woman who has said three sentences the whole night. And probably, when she spoke, everyone else shut the fuck up to listen to her awesomeness.
You don’t need to be putting it out there how much you know about some shit to be confident, either. Confident people know what they know, and don’t need to share it to build confidence. Confidence comes from within. They share when the time is right or when they’re asked. They also share it in a way that works for them.
So confidence doesn’t look like some idiot on stage shouting platitudes and waving his hands around (I’ll bet you 10 quadrillion dollars that guy isn’t actually very confident). It can be quiet, reserved, and like Kenny fucking Rogers — knowing when to hold’em.

11. Don’t give fucks like fucks are going out of style.


“Giving a fuck” is basically your life’s currency.
If you give a fuck about everything and everyone, you’ll quickly run out of fucks, or even worse, go into fuck debt. Your time will be spread too thin, you’ll stress about tiny things and insignificant people, and external factors will rule your life and run it into the ground.
When you find yourself giving too many fucks about things that don’t matter, it’s a signal that something in your life needs to change. You need to find more people or ideas that are worthy of your limited fucks.
Is this the line for the convenience store?!
Don’t give your fucks to small things that are out of your control or to people who don’t deserve them. Trolls don’t deserve giving a fuck about. The long line-up at the convenience store doesn’t deserve even a single fuck. Learn to meditate instead.
If you save up your fucks and squirrel them away, you’ll have lots to give when the time is right. Bank those fucks! Save them for a rainy day, like when something or someone really matters.

12. It’s okay to give a fuck about certain things.


When something or someone does really matter, it’s okay to give a fuck. Or several.
Give those fucks then, otherwise you’ll become too cynical and jaded and all your fucks will lose their value and depreciate.
There’s a tiny handful of people and ideas I’m willing to stick my neck out for. In those cases, I give several fucks, and that’s only because I’ve saved my fucks up like a squirrel with nuts in the fall.

13. Not giving a fuck is the opposite of apathy.


Apathy is indifference you feel when something just doesn’t matter. Not giving a fuck means you’ve stopped yourself from making something matter that shouldn’t matter. This is a key point to understand and reflect on.
Not giving a fuck is strength in the form of willpower, whereas apathy is just not feeling anything.

14. Greatness happens when you’re okay with being foolish/stupid.


The truth is that no one knows what the fuck they’re doing.
Experts, thought leaders, those who seem like they have it all — there are too many variables to account for what specifically worked in creating success and what didn’t. The only difference between them and someone who hasn’t seen success is that they tried a whole bunch of shit, and didn’t stop trying until something worked. Then they wrote a best-selling book about the process, like they knew what the fuck they were doing the whole time, and became even more successful. It’s the circle of life or something.
Taking action on the unknown is scary shit. We aren’t guaranteed an outcome like a math problem. We basically have to line things up, do a few stretches and take a big fucking leap. Sometimes we trip, or realize our shoelaces are tied together and face-plant.
The most successful people I know aren’t afraid to be seen as idiots for trying. They’re more concerned with the “what could happen if I…” than “what will others think if I…”
I’ve also found, much to my wife’s chagrin, that I’m having the most fun when I’m making a massive fool of myself (in public). Little known related fact: “losers” have more fun with life because they know when to give a fuck and more importantly, when not to give a flying fuck about what everyone else thinks because they’re having a blast drinking rosehip mead and dancing by themselves at concerts (or in my case, in the produce aisle at our grocery store).

15. Everyone is awkward, weird, different.


You are, too, so use it to your advantage. The only way to stand out, or stand apart, is to be your real fucking weird self. Otherwise you blend in.
Embrace what makes you different, even though it’s difficult and stressful to do. Everyone you admire or look up to does this. Think about it. They all take the reigns of what makes them different and use it to their advantage. No one that you’ve heard of got there by being like everyone else.
Also, anyone who seems “normal” is faking it or you just don’t know them well enough yet. We all have quirks. We all have oddness. This is what makes life interesting.

16. Refuse the boundaries of other people.


If someone tells you “you shouldn’t do that” or “that can’t be done,” assume they’re talking out their own asses until you’ve proven otherwise for yourself. People are well meaning, but their advice is clouded by their own bullshit, their life experiences and their choices.
Instead, set your own boundaries and only acknowledge those.
If you don’t want to take client calls or emails from your boss at 11 p.m. on a Saturday, don’t fucking do it.
Boundaries are like self-respect, the majority of people will be okay with you setting them, simply because you’ve set them. Letting others know what isn’t okay doesn’t make you an asshole or a bitch — it makes you a strong and respectable person.
Never let someone else draw your line in the sand. That means it’s their line, not yours, and you’ve just been following their lead.

17. Be honest about who you are and who you aren’t.


In having self-respect and setting boundaries, it helps to know a little about yourself, so you can make these decisions. Be clear about who you are and who you aren’t. First with yourself, then with others.
Honesty is a lot easier than you playing a role because you think it’s a role you need to play. Honesty can be pulled off with less work. It’s more enjoyable in the long run, too.

18. You can be honest without being a jerk.


Learn the difference between being very clear about something and being an asshole about it. If you don’t like something or someone, honesty doesn’t mean you have to ream them out. Sometimes honesty means you just shut your damn face and move on.
Being the bigger person doesn’t mean you have to win, it just means you know when to let someone else feel like they’ve won. Sometimes you have to be nice instead of being right.
Being honest isn’t a licence for you to run your mouth with impunity then end things with, “Hey, I was just being honest…” No, you were being a jerk. Don’t be a jerk. Not even jerks like other jerks. You’ll die alone with 17 cats who now have no one to feed them (which, by the way, is a big jerk move).
The best way to know if you’re being honest or just being a jerk is to think first, then speak. Otherwise you run the risk of vomiting instead of communicating. A five-second pause can do wonders if you lean towards being a jerk sometimes.

19. The less you expect, the more accomplished you’ll feel.


The Bhagavad Gita, a super smart and fucking old yogic book, talks about how we’re only entitled to the work, not the fruits of that work. That’s deep, and true.
Don’t do anything because you expect something to come from it — do it because you really want to fucking do it in the first place. It’s like writing a book because you really want a best-seller. Well, tough shit. It’s impossible to guarantee that. Write a book because you want to fucking write the book. That way, regardless of what happens next, you’ve already accomplished what you set out to do.
Spend your time focusing on what you give fucks about where the outcome doesn’t matter. 



None of the above points can happen without you paying attention. Paying attention to others, paying attention to where you give your fucks, and — most importantly — paying attention to yourself. You’re the one in charge of your life, so take charge of it already.
That’s it. Nineteen super fucking difficult rallying points for winning at life. Now stop reading listicles on the Internet and get back to being awesome.

Confession: I wrote this for myself, but you’re more than welcome to use it if it helps you, too.